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Agraïment

Moltes gràcies Joan Gómez Pallarès per entendre com ningú el nostre viatge.

 

I

Existe una familia de palabras en griego antiguo que nace alrededor del concepto "empezar una vida nueva fuera del lugar donde has nacido". Los Griegos fueron siempre un pueblo (muchos y distintos pueblos, de hecho...) viajero, por convicción y por necesidad. La necesidad nace de la estrechez de cada territorio, de la población, de la falta de recursos naturales y del comercio. La convicción nace de la voluntad de conocer mejor, de explorar, de viajar para explicar y transmitir. La colonización del Mediterráneo surge de la necesidad. La griega avanzó de este a oeste. Después, la romana andaría el camíno de vuelta... La literatura que iba con ella vino de la convicción: Heródoto, Pausanias.

Antes que ellos, con todo, otro viajero, otro "autor" puso ya en un texto el verbo del que nace este pequeño galimatías que mal intento resumir: pienso en Homero y en su Odisea. "Apoikízo" se lee en el verso 135 del libro 12 de la Odisea, en un momento crucial en el viaje de nuestro héroe Odiseo. Se puede traducir por "moverse de un lugar a otro", aunque más adelante significará "moverse del lugar donde has nacido" y como consecuencia de ello, "fundar otro lugar, establecer una colonia". El viajero que acaba de reencontrarse tras su descenso al mundo de los muertos, Odiseo, afronta la etapa final del viaje antes de volver a casa. Donde, por supuesto, se encontrará tan extraño y extranjero como durante el viaje. Incluso más, a ratos...

Esta es la idea que intentaba encontrar para hablar de una pequeña bodega que tiene sus viñedos entre la falda del Montgrí y Vilajuïga, pero que vinifica donde puede. La idea de que el viajero lo es por necesidad (digamos que no tienen  un espacio físico propio y hacen el vino donde pueden: no paran, pues, de moverse; y digamos, además, que sus viñedos están separados y que sus desplazamientos son diarios y constantes porque lo que más les importa es su contacto con esos viñedos) y la idea de que el viajero auténtico, además, lo es por convicción: los días se hacen cortos, las ganas de aprender y de progresar son muy grandes y el viaje interior, que es tan importante como el exterior, se convierte, de pronto y ante tus ojos, en motor real de unas vidas. Apoikia (Vinyes de Mahalta) está en el corazón del Empordà de las colonizaciones griegas (entre Roses y Empúries), como fruto de un feliz "embarazo" helénico.

Máximo cuidado en el cultivo de la tierra. Conceptos tan poco habituales como el de considerar que cada cepa es un individuo que requiere tratamiento específico dentro de su conjunto. Respeto por la tierra, sin labranzas ni abonos innecesarios. Vegetación autóctona. Vinificaciones muy diversas que usan a veces sólo el inoxidable y un discreto trabajo con pieles y levaduras: un extraordinario, para mi gusto, Apoikia blanco 2013, con macabeo de cepas muy viejas (miel, melotocón, albaricoque, lavanda, hierbaluisa, textura y firmeza...); o un merlot de la misma añada, también sin madera, que me enseña que Graves puede "existir" en el Montgrí.  A veces usan la madera nueva de roble de Nevers y Allier y a veces la de segundo año. Muy pocas botellas (la ira de los dioses lleva dos años concentrándose en devastador granizo que deja las cosechas en nada...) y un pacto con los pájaros (quedaos nuestro syrah y dejad el resto para el vino) llevan a la realización de un sueño que se está aposentando en una tierra nueva y en un vino distinto, que nunca será, por definición, el mismo. Quienes lo hacen siguen buscando y buscándose. El viaje continúa.

Apoikia persigue el sueño que puso en poesía Màrius Torres, con su Cançó a Mahalta (de ahí el sobrenombre que protege a sus viñedos, el de la diosa/mujer que Torres amó: Vinyes de Mahalta es Mercè Figueres): poner en una botella el sonido y los sabores del agua de un mar, el Mediterráneo, que es nuestra patria antigua. No sé cuándo pero sé que llegarán. ¿O quizá llegar no es tan importante?:

"Cançó a Mahalta" de Màrius Torres,

"I escolto la teva aigua, tremolosa i amiga,

de la font a la mar –la nostra pàtria antiga-”

 

II

Es el sueño de un hombre de letras que empezó a viajar. ¿O de un viajero que empezó a leer? Qué más da... el Mediterráneo es su mundo y sus aguas, montañas, calas, rocas y pasos, su secreto y su guía. Las uvas le susurran sus secretos y las letras de todos los que han sentido ese mar como propio le van mostrando el camino. "Lejos de casa" quizá  porque pensaba que su patria estaba en el mar y en costas lejanas. Pero con los años, Apoikia se ha convertido en sinónimo de lo contrario: "siempre en casa" porque allí donde estás y crecen tus uvas, allí donde las cuidas y las sufres las cuatro estaciones, allí donde amas la tierra y la proteges y la entiendes (orgánicamente) para que ella te dé lo mejor, allí donde las vendimias y haces tu vino sin más intervención que la mano (aquí pura y sin contaminación química alguna) del hombre, aquí está tu patria. Tu patria es la tierra que te acoge, tu patria es tu vino, tu patria es la hospitalidad y generosidad con la que ofreces tu vino al viajero.

Apoikia Àmfora 2014. Garnacha del Montgrí y algunos compañeros de viaje argonáutico, convertidos en reposados mensajeros de un sueño de mediterraneidad. Las uvas crecen a los pies de la roca dormida, muy cerca de donde los primeros Foceos desembarcaron en la Península Ibérica. Allí reposan, también, y ensayan su presentación de la eternidad el león de Nemea, el cíclope que se ha convertido (ciego, sí...de todo se aprende) en gigante bueno y el volcán que todo lo da y todo lo quita. Fermentaron las uvas (en 2014) en el vientre de la tierra. No podía ser de otra forma. No  podía tener otro sentido este proyecto: la tierra llama a la tierra y la luz, el agua, el fuego y la arcilla viven en casa del alfarero silencioso. Eloi Bonadona aporta su artesanía centenaria, su sabiduría inquieta y aquel oficio ancestral que nos permitió a todos ser como somos hoy, hijos del fuego y de la cocción, del sedentarismo y la recolección. No podía ser de otra forma: la tierra cercana a los viñedos es la que protege a la fermentación y da nueva forma al sueño.

Firmeza. Rugosidad: al tercer día, el cielo áspero y seco de febrero se ha convertido en la amabilidad del mes de julio. Voluptuosidad. Umbría. Frescura. Tensión. Mirto. Laurel. Zarzamora. Brezo. Hierro. Arcilla. Fuego que crepita en la oscuridad del hogar. Primer otoño. Una realidad hecha de islas y de rocas, de rincones a la sombra con soles en lo alto pasea por tu paladar. Fluidez. Civilización hecha de vinos. Cultura en la botella nacida de lecturas, de fecundaciones, de fermentación, de cosechas y de viajes. En el libro 2 de la Eneida, Laocoonte y sus hijos tienen que morir para que Eneas viaje, vaya y vuelva de los infiernos, sepa y comprenda para crear una nueva manera de entender las cosas. Apoikia y este vino, ahora mismo, nacen de este viaje; y del de Odiseo y del de Gilgamesh y del de Ovidio y del de Egeria y del de Estrabón y del de todos los viajeros que en el Mediterráneo o en las tierras con cepas han sido. Se establece en una tierra nueva, la reivindica con sus elementos esenciales, la transmite de la forma más pura posible a la botella (en este caso, con la demiúrgica ayuda del barro de Eloi) y nos permite, a nosotros, que la bebemos con placer, cerrar los ojos para viajar, ver y oler todos los mediterráneos que llevamos en nuestro corazón.

 

III

En un mundo casi desaparecido, en el que la naturaleza y la tierra cultivada modulaban el ser y el sentir del hombre, existían dos formas de conjurar la mortalidad de los cuerpos. La primera, y más habitual, consistía en aceptar que la clave de esa "inmortalidad" residía en la regeneración de las cosas: nada se perdía, todo se reciclaba. El ser humano observaba el ciclo de la vida a través de las estaciones, lo representaba en un círculo que, por definición, nunca empieza ni termina, y todas las energías se identificaban con él. Nada moría ni nacía. Todas las cosas que se vinculaban con la naturaleza de una forma cíclica, personas, cosechas, vidas y muertes, se transformaban. En 1847, Hermann von Helmholtz formuló exactamente ese sentimiento ancestral como  la "ley de conservación de la energía": las energías pueden adoptar otras formas, pero no ser destruidas. Así pues, la energía no nace ni muere, se transforma. Cualquier energía: la de las emociones y los sentimientos, también.

Existía una segunda forma de acceder a la inmortalidad, aunque fuera temporal. Si uno pactaba con los dioses porque tenía una misión transcendental que resolver, podía recibir permiso para visitar el mundo de los muertos y volver de él con vida. La transcendencia era metafórica, por supuesto, porque en esa misión concreta, se concentraban e identificaban los anhelos de todos los mortales. Por suerte para nosotros, siempre había además algún narrador de excepción que nos contaba cómo había ido la cosa. Así, por ejemplo, sabemos de los viajes de Gilgamesh, de Odiseo, de Orfeo y de Eneas. Todos ellos viajaron al reino de la oscuridad y fueron de nuevo llamados a la luz, con resultados y fortunas desiguales pero siempre con la idea de la superación personal como meta: acercarse a la frontera de lo desconocido, penetrar en ella, explorar y salir indemnes y más sabios como metáfora de un convencimiento. Somos instrumentos en manos de los dioses, es decir, de la naturaleza, para que la rueda de los acontecimientos siga moviéndose.

No suele relacionarse con estos descensos a la oscuridad otra aventura de Odiseo, la que Homero cuenta en el canto 9 de la Odisea, cuando el barco del héroe se adentra en la más absoluta oscuridad para atracar en la isla de los Cíclopes. Si a la isla llegan con ausencia de luz y con niebla, cuando entran a la cueva de Polifemo, la exploración es, ya directamente, otro viaje a los infiernos pero, de nuevo, en vida. Los compañeros de Odiseo van siendo devorados por el cíclope, quien acompaña su antropofagia delirante con leche de oveja recién ordeñada y pura. Pero nuestro astuto héroe se sirve del mejor vino que transportaba para emborrachar al bocazas de un solo ojo, clavarle una estaca de olivo ardiente, dejarle ciego y acabar saliendo de nuevo a la luz, que es la vida. Por primera vez en las historias que la literatura de los hombres nos ha legado, es el vino y la estrategia, además de la valentía acompañada de sensatez, las que permiten al héroe seguir su viaje tras visitar el reino de la muerte.

Agnès y Manel, de Apoikia, han buscado una vía intermedia y, en este sentido, tan nueva o tan vieja como es el mundo desde que los hombres hacen vino en él y lo entierran en vasijas en el suelo. Vieja porque desde muy antiguo (por lo menos desde los tiempos de Noé, si no estoy mal informado) el fruto de la tierra en forma de mosto que se está convirtiendo en vino, se lleva a vasijas que reposarán unos meses su embarazo para acabar "pariendo" un vino que será la más sincera manifestación de esa misma tierra. Nueva porque las tradiciones y personas que utilizan esta técnica suelen poder acceder a las vasijas de barro por su boca en superficie, por muy protegida o tapada que esté. No ha sido este el caso... Agnès y Manel decidieron someter a su aglianico a una suerte de muerte en vida. Lo pusieron en vasijas y las enterraron por completo bajo tierra. Sabían donde estaban y a los ocho meses lunares, en un momento especialmente propicio, decidieron convocar a los dioses, pactar con ellos e intentar que el vino, que estaba en el reino de la oscuridad, saliera de nuevo a la luz.

Creo que Gilgamesh no estaba presente, pero el resto sin duda sí: Odiseo, Orfeo y Eneas llegaron de la mano de Homero y de Virgilio. La luna, casi nueva, estaba frente a Aries. Y todos, en silencio y mirando al monte que había protegido a las vasijas, bajamos para llevarlas de nuevo a la luz. Sin darnos cuenta, el mundo se había convertido en una enorme cueva, Sileno yacía en ella y nosotros estábamos ya abriendo la primera vasija ante él, olíamos el vino y lo servíamos en una copa. Sin mediar petición ni ruego ni chantaje alguno, el tutor de Baco empezó a contarnos la historia del mundo a partir de unas uvas que, convertidas en vino, eran en realidad mucho más que vino. Representaban, en el suelo de la viña y bajo la protección de nuestro cielo azul, las cuentas de una esfera que no se ha roto y que seguimos dibujando porque sabemos que sólo en el respeto a la tierra y a uno de sus hijos emblemáticos, el vino, encontraremos  nuestra más profunda vinculación con ella y parte de la razón de nuestra inmortalidad.

Fuego y tierra, calor: energías contenidas en una copa, dureza y fluidez. Buscar una voz a través del vino. No hacer por hacer ni copiar por inercia. Tener una idea del vino y convertirla en tu voz. Que el vino sea tu voz. Aglianico pues, pero bajo la protección del Montgrí, no del Vulture (no tan lejos de donde Eneas descendió a los infiernos). No hay más que tierra comprendida y tratada con el máximo respeto, uva y fermentación. Vasija enterrada y ocho meses lunares. Rústico pero amable, discreto pero intenso, cerezas y mirto, violetas y corteza de naranja, flor de lavanda silvestre y retama, profundidad y luna nueva. La primavera sirve para esto: para que los seres que podrían parecer muertos vean la luz de nuevo, para que las energías se renueven y transformen, para que el vino auténtico fluya como metáfora de la vida nueva, de la vida que vuelve. La emoción y el deseo son energías que también se beben.

Ps. Esta  extraordinaria aventura no hubiera sido posible si Agnès y Manel no hubieran tenido una gran complicidad con Eloi, de Bonadona Terrissers, que les hizo las vasijas tal y como ellos las querían.

Tot esperant Persèfone

Passa l'hivern sense la pressa del novell ansiós per mostrar ofrena a déus descreguts que no escolten. Fuig el temps, ben cert, però d'una altra manera. No cal venerar ídols que ja han caigut de l'altar de la casa. Sota la terra fecunda, dins l'argila que Hefest ha modelat i cuit a la seva farga, despullada del ferro que tanta sang va fer vessar a les platges de Troia, va nodrint-se l'embrió de la filla de l'alba, l'aurora que tenyirà amb els seus dits roses els nostres llavis eixuts, àvids de l'escuma d'Afrodita.

Hermes s'ha calçat les daurades sabates alades i ha fugit veloç per fer arribar la voluntat d'un Zeus compadit pels ceps orfes de fulles. Poques són les llunes que manquen perquè Persèfone torni per recollir les flors de la nova primavera i alliberi Demèter de la seva ira. El zèfir de l'oest avisarà de la bona nova: Cloris pararà una taula hospitalària sota l'ombra d'una vella olivera mentre els amics obrin les gerres del vi d'Homer. Les primeres fulles d'una parra jove s'enlairaran sota el blau cel lluminós de la Mediterrània per començar a explicar que el vi que es cou als peus del déu Montgrí té el do d'aturar el temps.

Trencadís

La petita porció de terra que és la vinya conté una quantitat de tresors valuosíssims per mi. I ho són perquè em permeten “explicar-me-la” de la manera menys científica, més testimonial i més humana. Enmig de les terrosses, amalgamats amb l’argila i cantells de roca mare montgrinenca, entre regues i a flor de ceps, sovint hi veus lluir minúsculs fragments de color. Són retalls de ceràmica que expliquen el pas dels avantpassats que hi van treballar dies, anys i segles enrere.

Les tessel•les d’aquest mosaic particular no són llibres oberts, però m’empenyen a intuir vides i maneres de fer. Em mostren càntirs que apaivagaven la set; vaixelles esmaltades, plats i gots que acollien menges senzilles i saboroses; rajolins d’oli d’olives collides allà mateix; migdiades a l’ombra d’una figuera ja inexistent i, sobretot, esforç, treball i esperit de supervivència.

Aquest estiu que la sequera és punyent i el sol resseca el mínim intent de verd, la terra és fa compacta i es tanca en si mateixa mostrant poques resquícies d’aquest trencadís. Friso perquè arribin les pluges estimulants de la tardor i una llaurada a fons i amb ganes facin emergir de nou aquests minsos vestigis que em permeten projectar un mapa imaginari de la història vivencial i humana de la vinya.

Apologia de la curiositat

La tarda d’estiu és grisa i xafogosa al Montgrí. Després d’una breu presentació, àvid de la curiositat que l’envolta, de la butxaca treu un petit paper i un bolígraf. Fa una primera pregunta i de sobte es genera un anar i tornar de conceptes. El temps és tan curt quan vols condensar tant!. Mentre caminem i ens aturem entre cep i cep, el que havia de ser un cometa de projecció quasi lineal es transforma en una gran nebulosa. Passat i present fan un nus difícil de desllorigar. El paper ja no hi fa res i el bolígraf deixa d’escriure. A partir d’aquest moment només la ment pot retenir el caos que aglutina la Mediterrània de llevant a ponent.

Arriba la calma i el suro surt del vidre per deixar vessar el vi dins les copes, on mostra el color del mar que Homer descriu a l’Odissea. Gaudim del privilegi de beure el vi a la vinya on ha nascut, i sense que ens costi, els quatre ens deixem anar en una conversa distesa com de tertúlia en un vell cafè de l’antiga Alexandria d’Egipte, però amb el cel per sostre on un escarransit núvol deixa caure gotes d’aigua clara.

Ens dius: una pinzellada pel cim és què faré demà sobre el que he vist i viscut aquí avui. Però el pinzell és traïdor quan es té ofici, acabes pintant el que la mà i el cor manen. Traç gruixut i serè de fina ploma, amb la visió de l’àguila que ho veu tot des de l’altura. Només si estàs avesat a observar des de tan amunt, pots plasmar l’instant amb la bellesa d’aquell que ho ha entès tot.

Tast Còsmic sota les estrelles… A la sala de Torroella de Montgrí

Ahir amb el nostre amic Albert Batlle, tot xino xano ens vàrem arribar fins a la sala de Torroella de Montgrí. Puix que parlarà l’amic Joan, som-hi doncs a veure què ens explicarà.

La cosa prometia, doncs si el mestre diu que és bon dia, de ben segur que ho deu ser. Quan em vaig aixecar pel matí no ho semblava que acabaria així.

Es tractava d’un tast còsmic sota unes estrelles que no es veien en el firmament, però que hi eren. Viatgem amb elles per la casa comuna de l’espai sideral, i sembla ser que en forma d’espiral com l’ADN.

El més gran amb el més petit s’ajunten; com ahir es van ajuntar la visió macro de la cosmogonia d’en Salvador Batlle, amb el micro territori del Massís del Montgrí.

Vaig conèixer en Salvador al principi, just quan feia poc que s’havia instal·lat a Agullana. Havia provat els seus vins, però en aquell moment on realment hi havia la força del que havia de venir, era en la visió del que buscava fer en aquell lloc que l’havia acollit. Ahir aquella força estava dins les ampolles de les dues carinyenes que vàrem tastar. La proscrita carinyena blanca, sí, proscrita a la seva pròpia casa per lleis absurdes, i sí carinyena perquè així sempre l’hem coneguda, malgrat la facin etiquetar amb un sinònim pel que no en sentim cap mena d’ afecte; es va mostrar amb la manera que només es pot expressar un vi quan qui el fa ja ha mutat amb les plantes que cuida. La vinya muta i les persones també, vet aquí el gran secret que les lleis humanes mai tindran la capacitat de comprendre.

Catul, com no podia ser d’altre manera, es va colar a la sala per boca d’en Joan. Puc dir que en Joan hi era perquè ell va on hi ha els seus amics, es multiplica d’una manera que admiro i que reconec que sóc incapaç d’imitar. És d’aquelles persones que va, que no espera que hi vagis i li portis una ampolla; és ell qui s’interessa, que vol saber. M’atreviria a dir que és com una aranya que va teixint una teranyina però no per caçar, sinó per unir identitats en formes de persones i vins en un univers còsmic.

Acabat el tast, vaig poder conversar amb en Xuriguera. No havíem parlat mai, de fet jo només el coneixia per la seva vessant pública; però a la sala de Torroella em va semblar veure a la persona que també busca i es busca. Ha pogut plantar vinya al Montgrí, en una finca magnífica d’on estic segur que d’aquí uns anys en sortiran vins màgics perquè el lloc ho és. Al Montgrí sempre hi ha hagut vinya, no s’ha perdut com en altres llocs. Ha resistit a morir per la tossuderia d’uns pocs que ens varen precedir i que ara tres bojos (Xuriguera-Faixedas, Batlle-Viader i Apoikia-Vinyes de Mahalta) ens hem engrescat en fer créixer.

Quan en Xuriguera parla de la seva vinya, veig que els ulls li brillen, que el sentiment brolla per la pell, i això només passa quan t’estimes la terra.

Per tant, sí, com digué en Joan: ahir va ser un bon dia…, terra.